El ciclo se cierra volviéndonos a Europa

¿Dónde encontrar, en todo esto, a nuestros sucesores? Yo no veo más que imitadores, un poco retrasados, que muy a menudo caricaturizan nuestros peores defectos. No; no escaparemos a nuestra vocación con el pretexto de nuestra debilidad o por esos crímenes de un pasado reciente, de los que el Tercer Mundo nos considera responsables. Porque esta debilidad, lo he mostrado, no revela más que una división de nuestras fuerzas -y estamos en trance de unirlas rápidamente —, pero no una ausencia de fuerza potencial. Y esos crímenes, que fueron los de nuestros nacionalismos, del racismo y en cierta medida del colonialismo, exigen de nosotros algo muy distinto de un mea culpa impaciente y masoquista, que sería mucho más cómodo que la acción. Las virtudes y los vicios de Europa, su pasado y su experiencia la hacen doblemente responsable –en el sentido activo de la palabra – de asumir frente al mundo una vocación de la que nadie podría exhonerarla, de la que ninguna otra cultura y ningún otro régimen me parecen poseer los medios para reemplazarla si Europa se sustrae a ella.
La vocación de Europa, hoy y para mañana, es ofrecer al mundo nuevo el ejemplo logrado de una gran Federación. En la coincidencia señalada entre el fin de nuestro imperialismo colonial, los comienzos de nuestra unión federal y la expansión de nuestra economía hay, sin duda, una gran lección para el Tercer Mundo; pero también y acaso, y primeramente, para el conjunto del Occidente -comprendidas Rusia y América – que deberá reconciliarse consigo mismo… Podremos llegar a verlo en esta generación si Europa, de la que procede el mal, consigue unirse libremente, consumando así su aventura y haciendo el mundo haciéndose a sí misma. El nuevo ideal que reclama la juventud reside en esto, en la Europa federal como modelo mundial.
Ya no es tiempo de dudar sin reparo de nuestros valores occidentales. Por el contrario, ha llegado el momento de que nosotros mismos los tomemos en serio. Ya no tenemos derecho a responder simplemente con un tardío e impotente mea culpa a la espera de las jóvenes naciones y de la juventud soviética, más atentas hacia el Occidente de lo que se cree. No somos los únicos interesados en este asunto. Somos para los demás una esperanza que debemos procurar que no sea frustrada.

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