Descolonización, nuestra unión

Ateísmo y aún más nuestro materialismo cuando es precisamente nuestra ayuda material la que exigís a grandes gritos y no nuestros misioneros?
Esta respuesta sería demasiado fácil porque somos, en gran medida, responsables de los errores que comete el Tercer Mundo cuando nos juzga. No son nuestros mejores representantes, los más conscientes de los verdaderos valores europeos los que enviamos a ultramar, sino los agentes de nuestros Estados y nuestras empresas los que transportan allá lejos todas nuestras rivalidades; asistentes técnicos que no saben gran cosa del medio en que van a actuar y menos aún de lo que Europa puede significar en su conjunto y vista de lejos; agitadores políticos, comerciantes incultos, nuestras peores películas. Nosotros exportamos a granel nuestros subproductos, nuestros aventureros y nuestros libros, nuestras querellas nacionales, nuestras máquinas y nuestros dogmas políticos, con la irresponsabilidad más absoluta, sin respeto para sus culturas ni para la nuestra.

Tal es la situación concreta de Europa en el mundo actual. En resumen: la descolonización, lejos de arruinarnos, coincide con nuestra unión, que promete una prosperidad sin precedente: el mundo entero se somete a la enseñanza de nuestra civilización, pero no extrae lo mejor, ni de lejos, y nos desprecia tanto como nos envidia. En fin de cuentas, la falta es nuestra, porque nunca hemos concebido una política de civilización que responda a la amplitud de las exigencias del siglo y de nuestras responsabilidades mundiales.

La cuestión que se plantea entonces es la siguiente: ¿va ser suplantada Europa por sus productos más vendibles, por sus slogans más demagógicos, para el sólo provecho de sus más eficaces explotadores? ¿Va ser eliminada del Tercer Mundo por sus vicios, con detrimento de sus auténticos valores? O ¡puede reaccionar todavía? ¿Tiene para ello los medios materiales y morales?
El derrotismo europeo, de Spengler a Toynbee y de Sorel a Sartre* había persuadido a nuestras elites como a nuestras masas.

De ahí la ventaja indiscutible de los americanos y, sobre todo, de los soviéticos, cuando se trata de modernizar –es decir, de occidentalizar- de una manera rápida y masiva, las colonias recientemente liberadas. Estos recién llegados al Tercer Mundo tienen ideas mucho más simples del progreso, tanto social y moral como puramente material. Los americanos no tienen los escrúpulos y los cargos de conciencia que tenían las elites europeas durante los últimos tiempos de la colonización; y el respeto de las culturas indígenas no ha detenido nunca a los soviéticos, ni en su propio imperio ni en Africa ni en Asia. De aquí que, a corto plazo, puede parecer que sus posibilidades son mejores que las nuestras. El Tercer Mundo los acoge sin desconfianza en principio. No dice de sus donativos como de los nuestros: «Esto es neocolonialismo». Y sin embargo, el Tercer Mundo tiene más que perder en este asunto que nosotros. Sus mejores espíritus lo descubren.

Pero inmediatamente nos colman de reproches.

Citaré a este propósito a un profesor indio que enseña en Oxford, el doctor Raghaban Iyer, quien, en un congreso europeo muy reciente, se proponía hacerse eco de los resentimientos del Tercer Mundo respecto a nuestra cultura y a su difusión desordenada. Recordando que los países subdesarrollados imitan torpemente todo lo que ha hecho el Occidente, hacía responsable a Europa de todos los males resultantes, y de la reviviscencia, en Asia y Africa, de lo que llamaba «las concepciones parciales o desacreditadas del espíritu europeo», y daba la impresionante lista siguiente: «El evangelio del progreso material automático, un nacionalismo agresivo, incluso un odio racial apenas disimulado, un utilitarismo a lo Bentham, un colectivismo militante y un socialismo mesíanico, un liberalismo a lo Hayek, la adoración de la potencia burocracia que ya no se podrá extirpar, la multiplicación de militar y política, una nuevas necesidades, un consumo extraordinario, la pasión por lo extravagante, las pretensiones al exclusivismo en el dominio religioso, un fanatismo ideológico, un ateísmo arrogante, el culto del cinismo, la competencia sin freno y el filisteismo cultural».

Es una lista bastante completa de nuestros vicios, tal como se han manifestado, al menos a partir de los principios de la era industrial. Sería muy fácil responder a los que nos dirigen este lenguaje: ¿por qué no habéis adoptado nuestras virtudes, cuya lista es igualmente fácil de hacer?

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